Blog de Víctor Alvarado: mercadotecnia deportiva, tecnología y experimentos

03 noviembre 2026Opinión

Informar, analizar o concluir: la ética de opinar en redes

En una jugada polémica, el árbitro de campo decide en un segundo con lo que alcanzó a ver. El VAR la revisa con varios ángulos, a veces durante un par de minutos, y puede llamarlo al monitor. En esos mismos minutos la tribuna ya silbó, las redes ya tienen un culpable y alguien ya escribió que el partido estaba arreglado. Son tres lugares con tres velocidades y tres cantidades de información distintas. El veredicto más rápido y más rotundo suele salir del lugar con menos elementos. Lo mismo ocurre fuera de la cancha cada vez que hay un evento público: una muerte trágica, un accidente, una catástrofe natural, una renuncia, la venta de unos derechos, un escándalo de un famoso, etc. Antes de que exista información completa ya hay sentencias publicadas, compartidas y aplaudidas.

Inicio esto con un elemento fácil de entender para quien regularmente me lee y sigue, pero que aplica para casi cualquier situación. Esto salió porque tuve un debate muy interesante en un grupo de whatsapp sobre el manejo de información y comunicación. Una forma sencilla que uso para intentar explicarlo, es que en lo personal, prefiero ser historiador que profeta. Es decir, que prefiero seguir los acontecimientos a precipitarme a opinar con poca cantidad de elementos, y si no cuento con todos los elementos, dejar muy en claro que no los tengo.

Desde donde quiero hablar

Esto es algo que me ha inquietado demasiado desde hace años. Fui un “early adopter” de los medios sociales y pasé horas y horas pegado al celular hasta que desarrollé y viví en carne propia lo que hoy denominamos “FOMO” (Fear Of Missing Out), he visto de primera mano, el cambio en los medios sociales, desde que fueron comunidades para compartir conocimiento hasta rincones de generación de odio. He visto la evolución completa, la he vivido desde dentro. Fui parte del sistema mismo. Lo entendí después de certificarme en Ciencias del Bienestar y tomar más de un certificado profesional en cuanto al efecto mental de los medios sociales, y desde entonces, empujo desde donde puedo a tener una aproximación distinta a la generación y a la difusión de contenido. Uno de esos esfuerzos, fue mi programa InfluenSER donde el objetivo era dotar a creadores de contenidos de herramientas que les permitieran brindar algo más profundo a sus comunidades y creo que los resultados fueron alentadores. También, he estado del lado del medio, también produje contenido en algún momento.

Entremos al tema.

Tres actos distintos que hoy publicamos con el mismo tono

Opinar no tiene nada de malo. Me dedico a analizar el negocio del deporte y a enseñarlo, y sin interpretación no hay análisis ni clase posible. El problema aparece cuando confundimos niveles de afirmación y les damos a todos el mismo peso.
Informar, analizar y concluir son actos distintos, cada uno con su propia exigencia de evidencia, y hoy los mezclamos sin avisar. Le pasa a la persona que enjuicia sin pruebas y también al experto que presenta su lectura como veredicto (o que no la aclara). Si partimos de la idea actual de que cualquiera con una cuenta en medios sociales es precisamente un medio, cualquiera con una cuenta hereda la responsabilidad de un medio. Para ordenarlo propongo un marco de tres niveles.

Informar, analizar, concluir

  1. Informar es reportar un hecho. Exige una fuente verificable, idealmente directa, y se declara así: “esto ocurrió, según indica X”.
  2. Analizar es interpretar hechos. Exige información suficiente y conocimiento del tema, y se declara con algo como “con lo que se sabe hasta hoy, creo que…”.
  3. Concluir es emitir un veredicto. Exige elementos probatorios completos y un proceso, y solo le corresponde a quien tiene esos elementos. Aun así, la conclusión queda revisable.
Ninguno de los tres niveles es una falta ética por sí mismo. La falta está en SALTAR DE NIVEL SIN DECIRLO: presentar una opinión como información, o un análisis como sentencia. Quien lee recibe un juicio con apariencia de hecho, y no tiene forma de saber cuánto peso darle.

Verificar o solo amplificar

Bill Kovach y Tom Rosenstiel lo plantearon en The Elements of Journalism: la esencia del periodismo es la disciplina de verificación. Distinguen un periodismo de verificación de uno de aseveración, que se limita a amplificar lo que alguien dice.
Las redes sociales convirtieron la aseveración en el formato dominante. El texto corto, la velocidad y un algoritmo que premia la interacción favorecen la frase rotunda sobre la frase con fuente. El código de ética de la Society of Professional Journalists propone cuatro principios que, leídos hoy, aplican a cualquier persona que publica: buscar la verdad y reportarla, minimizar el daño, actuar con independencia y rendir cuentas. Ninguno exige tener credencial de periodista. Exigen saber qué se está publicando y hacerse cargo de ello.

La persona-medio (creadores e influencers) todavía no asume la ética del medio

UNESCO publicó en 2024 el estudio Behind the Screens sobre creadores de contenido digital. Según el reporte, alrededor de 62% no verifica de manera sistemática la información antes de compartirla. Muchos de los encuestados dijeron que les gustaría recibir capacitación para hacerlo. Ese segundo dato me parece tan importante como el primero. Habla de gente que tiene alcance de medio y que reconoce que le faltan las herramientas del medio. No lo leo ni lo he visto como mala fe. Lo leo como un “oficio” que creció más rápido que su disciplina, y la disciplina se puede aprender.

Ser experto en un tema no te hace experto en fuentes

Sam Wineburg y su equipo en Stanford compararon a tres grupos al evaluar sitios web: verificadores profesionales, historiadores con doctorado y estudiantes de una universidad de élite. Ganaron los verificadores, y no por saber más del tema. Tenían un hábito sencillo, la lectura lateral: salir del sitio y abrir otras pestañas para averiguar quién está detrás antes de leerlo a fondo. Los otros dos grupos leían “verticalmente”, de arriba abajo, y se dejaban convencer por la apariencia profesional de la página. La conclusión aplica directo a nuestra industria. Un director con 20 años en patrocinios sabe leer un contrato, y eso no lo vuelve hábil para distinguir una cuenta que inventa rumores de una que tiene fuentes.

Las disciplinas que aprendieron a declarar su certeza

Hay profesiones que institucionalizaron esto hace tiempo, y sirven de espejo para quienes opinamos desde el conocimiento. En la inteligencia estadounidense, Sherman Kent propuso desde la CIA el llamado lenguaje estimativo (hay varios libros sobre esto). El analista no escribe “va a pasar”. Escribe “es probable” o “es casi seguro”, con un nivel de confianza explícito, y hoy eso es norma en esa comunidad. Los reportes del IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change o Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) sobre el clima usan lenguaje calibrado: “probable”, “muy probable”; y señalan aparte el nivel de confianza en la evidencia. Lo hacen justamente porque son la voz experta y saben que cada palabra puede ser citada.

El parte médico y el juez

La medicina distingue entre diagnóstico presuntivo y diagnóstico definitivo, y un buen médico no confunde los dos frente al paciente. “Pronóstico reservado” es una de las frases más honestas que existen: dice que el médico sabe mucho y que todavía no sabe lo suficiente. En temas legales y de derecho, un indicio no es una prueba. La presunción de inocencia, que en México consagra el artículo 20 constitucional, existe porque un veredicto requiere un proceso. En redes casi nadie tiene pronóstico reservado y casi nadie espera al proceso. Y casi nadie reconoce la presunción de inocencia.

El 70% del meteorólogo

El meteorólogo no dice “mañana llueve”. Dice “70% de probabilidad de lluvia”. Esa cifra no le quita autoridad. Le da autoridad, porque permite revisar si sus pronósticos de 70% se cumplen más o menos siete de cada diez veces. Philip Tetlock llegó a algo parecido después de años de medir pronósticos de expertos. Los más precisos fueron los que piensan en probabilidades y ajustan su lectura cuando cambia la evidencia, no los que suenan más seguros. La seguridad en el tono y la precisión en el resultado van por caminos distintos, y el público y la audiencia suele premiar la primera.

Desde dónde se habla: testigo, participante o analista

Hay otra distinción que ayuda a ordenar esto. El testigo vio el hecho. El participante estuvo dentro y tomó decisiones. El analista lo mira desde fuera con conocimiento del tema. Los tres pueden aportar, pero tienen autoridades distintas. El experto que analiza desde fuera tiene autoridad de conocimiento, no autoridad de hecho. Su opinión vale más que la de quien no conoce el tema, y aun así sigue siendo una lectura, no un testimonio. Lo aplico a mi propio trabajo. Cuando escribo sobre la venta de unos derechos de transmisión o sobre una marca que deja un patrocinio, no estuve en esa negociación. Lo que puedo aportar es cómo suelen funcionar esos mecanismos: quién fija el precio, qué se mide, qué se puede comprobar en una orden de compra o en un reporte de entrega. Lo que no puedo aportar es por qué esa empresa decidió lo que decidió, si la nota no lo dice. Por eso cito el medio que lo reportó y señalo qué dato no trae la fuente en lugar de suponerlo. La honestidad intelectual empieza por declarar desde dónde se habla, y casi siempre basta con una frase.

El adjetivo es el atajo del veredicto

Mucho del daño viene de comunicar sin matices: titulares que concluyen, ausencia de un “hasta ahora” o de un “según”, y sobre todo adjetivos. “Corrupto”, “culpable”, “fraude” o “robo” son conclusiones disfrazadas de descripción. Quien los escribe ya saltó al tercer nivel, aunque crea que solo está contando lo que pasó. Una jugada “polémica” y una jugada “arreglada” describen el mismo video, y solo la primera se puede sostener sin un proceso detrás. Para los que venden o compran medios en el deporte, esto también tiene una lectura de negocio. Una marca que pauta junto a contenido de fútbol compra audiencia, y también compra el contexto en el que aparece. Un publisher o un creador que separa con claridad lo que informa de lo que opina está construyendo credibilidad, y la credibilidad tiende a sostener la atención durante más tiempo que el pico de una sentencia viral. Comunicar con rigor es parte del valor del inventario.

Opinar con etiqueta

La propuesta es sencilla de enunciar y exige disciplina para sostenerla: declarar en cada afirmación tres cosas. El nivel (¿estoy informando, analizando o concluyendo?), la fuente (¿quién lo dijo y cómo lo sé?) y el grado de certeza (¿es un hecho, una lectura probable o una intuición?). No hace falta convertir cada post en un expediente. Bastan las marcas que el español ya tiene: “según”, “con lo que se sabe hasta hoy”, “me parece”, “todavía no está confirmado”. El VAR, el árbitro y la tribuna pueden convivir en el mismo estadio mientras cada uno opere en su nivel… y la tribuna no se ponga el silbato.

Mi conclusión

Cuando escribe, el historiador separa lo que sabe, lo que interpreta y lo que todavía no se puede saber, y lo dice. El profeta junta las tres cosas porque la certeza vende, y en redes vende más rápido. La propuesta es opinar con etiqueta, aunque el formato y el algoritmo premien lo contrario. La duda bien declarada puede valer lo mismo que hoy se paga por la frase rotunda, pero para eso alguien tiene que empezar a comprarla.

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