Hablar de derrota o de fracaso o de un objetivo no cumplido es algo que nos cuesta mucho. A todos. En cualquier orden. Sin embargo, el deporte una y otra vez nos enseña que detrás de cada caída, hay una oportunidad de levantarse, no importa si hablamos de un profesional, un atleta de alto rendimiento o aquellos que somos entusiastas por tal o cual disciplina.

He recibido una gran lección hace un par de semanas, y tuvo que pasar ese tiempo para poder digerirlo y tratar de compartirles mis reflexiones al respecto. Dejen les cuento.

Adidas cada año, realiza unas carreras denominadas “Split” que son parciales y de entrenamiento rumbo al Maratón de la Ciudad de México; en 2015 se realizaron los Splits con distancias de 6K, 9K, 12K, 16K y 30K. Entre 16 y 30 se realiza la mejor carrera de este país que es el #adidas21K y tras completar el proceso quedas listo para encarar el Maratón: 42,195 metros. La cosa es que, tras cinco medio maratones, y haber participado de los splits previos, nos enfrentamos al desafío del 30K que como variedad, se realizaría en la modalidad “trail” o “cross-country”. Lo que vivimos fue algo que se nos escapó de las manos.

Primero, creo que no teníamos muy claro a lo que íbamos. Y cuando hablo en plural, hablo del grupo de amigos que asistimos al evento. La carrera resultó ser un desafío físico y mental por la “rudeza” del trazado y el terreno, por las condiciones climáticas previas y sobre todo, por lo que no conocíamos que podía suceder. Hubo momentos que nos preguntábamos “¿Qué hacemos aquí?”

11363624_1009469955730944_438994935_nSalimos con mucho entusiasmo y tras las primeras “escaladas” (no les llamaría subidas) nos dimos cuenta que nada iba ser como lo habíamos imaginado: caminos bien definidos y relativamente cómodos para andar. Incluso, justo en la salida, una gran maleza te hacía “zigzaguear” para poder avanzar entre los matorrales. Repito, no sabíamos lo que enfrentaríamos.

No se podía correr a un ritmo constante, te detenías, cuando veías que había que bajar, lo tenías que hacer con cuidado, prácticamente de lado, fijando bien los pies para no resbalar o caer. Algunos querían evitar los encharcamientos provocados por la lluvia, pero al final, tenías que ensuciarte y decidir si esperar o realmente cruzar para no detenerte aunque eso implicara mojarte el calzado y por ende, los pies. Pasaban los kilómetros y aunque la ayuda necesaria de hidratación y servicios médicos estaban a la orden, los signos de agotamiento empezaron a aparecer.
En lo personal, me quedé “sin gas” en el kilómetro 19, faltando 11 para concluir la carrera. Caminé dos kilómetros para intentar reponerme y justo en el kilómetro 21 había una salida por si ya no deseabas continuar. Decidimos continuar dos de los tres integrantes del equipo solo por el “orgullo” de terminar la carrera. Y aquí es dónde empezaron las peores reflexiones. Sabíamos que esta parte era un “descenso”, pero aún había cuestas que subir, los participantes íbamos de cierta forma dispersos y tratábamos de agruparnos para darnos ánimos. La combinación de trote en las partes planas contra una caminata para las subidas fue la tónica de los últimos 9 kilómetros, y obviamente el asalto de todas las dudas mentales: “no estoy preparado”, “me falta trabajo”, “soy un desastre”, “¿qué estoy haciendo mal?”, “esto no es para mí”, “¿A quién se le ocurrió una carrera así” y una infinidad de pensamientos negativos que solo hacían las piernas más pesadas y signos de agotamiento extremo empezaron a aparecer.

Por ahí del kilómetro 25 llegué a la conclusión: esta carrera me derrotó. Siempre he dicho que no soy el corredor más rápido, ni el más fuerte, pero mi espíritu y mis ganas son muy difíciles de vencer. Y si, ahí sentí que me había quebrado, me había destrozado, me había aniquilado. El sufrimiento era más por la impotencia de “mi cuerpo ya no responde” que por el orgullo maltrecho. Cada paso dolía, y aún quedaban camino por recorrer.

Reconfortantes resultarían las historias, comentarios y lamentos de otros corredores, también el ánimo de quienes leían mi nombre en la playera y me daban una palabra de aliento, pero en el fondo sentía que había fallado. El hecho de ya no poder correr o mantener un trote constante me pesaba y me daba vueltas en la cabeza, que también me empezó a doler.

images-14Ya no les digo cuanto tiempo hice. Más de una hora de lo que podría pensar para un maratón. Los sentimientos posteriores fueron encontrados: terminé la carrera, pero la odié. Sentí que me había derrotado, pero cumplí con los 30K, me hizo dejar todo, me hizo dudar, y una vez terminada las cosas no quedaron ahí. Regresar a entrenar fue difícil, parecía que la motivación se había ido, tenía temor por la rodilla, por el tobillo. Apareció la inseguridad, el temor, sin optimismo. Se fue, en horas desaparecieron, y el esfuerzo para continuar entrenando tuvo que ser mayor.

Y ahi es donde entra esa encrucijada que nos dejó el #Split30K, si fue una locura, si fue un tormento, si fue muy complicada, pero ¿nos dejó más fortalecidos al recuperarnos? Lo que no te mata, te hace más fuerte. La carrera me derrotó, quizás en apariencia y quizás temporalmente, porque ya llegó el momento de saber si no fue lo contrario. Quizás nos hizo ganar muchas otras cosas que desconocíamos, quizás nunca fue una derrota si no una victoria que vamos a disfrutar adelante.