Extraído del periódico EL NORTE :: http://www.elnorte.com

Juan Villoro
El enigma de ganar

Tal vez por haber estudiado en el Colegio Alemán considero que lo bueno debe tener causas, de preferencia complicadas, y que la alegría sólo es válida si se conocen sus fundamentos. Al someter la dicha al raciocinio, el Colegio quería erradicar la inmotivada sonrisa del tarado. El resultado fue otro: la vida se volvió más difícil, pero nos dio pretextos para escribir artículos. Ante cada señal positiva uno se pregunta: “¿pero por qué?”.Esto nos lleva a una sorpresa feliz: la selección Sub 17 trajo la exótica costumbre de ganar y goleó con autoridad a dos selecciones de prosapia, Holanda y Brasil.

Normalmente, cuando un equipo mexicano anota, se asusta de su inesperada potencia y se refugia en su propia área, versión ajardinada del útero materno. Se diría que con cada gol ponemos en riesgo la balanza del orbe, como si exigiéramos de más. Los logros sólo nos parecen merecidos si vienen respaldados por el sufrimiento y podemos recibirlos como compensación. No es casual que destaquemos en actividades marcadas por la soledad y el dolor, como la caminata, el box o la literatura. Algo nos frena ante la felicidad que ocurre porque sí.

El primer asombro de la selección Sub 17 fue la seguridad con que encaró su destino. Al meter un gol, hacía la jugada más insólita del futbol mexicano: buscar otro gol. Con una confianza ajena a toda estridencia, Jesús Ramírez prometió el triunfo de los suyos. Aunque enfrentaba a Brasil, único tricampeón en la categoría Sub 17, habló de la final con la certeza de quien sabe que el partido quedará 3-0. Hasta ese momento, no se podía prometer un campeonato del mundo sin caer en pecado de prepotencia. ¿Qué sucedió? ¿Hay un universo paralelo donde los mexicanos son distintos?Para entender el entusiasmo con que la gente fue a gritar al ?ngel como el Perro Bermúdez, hay que revisar una cadena de maleficios que parece remontarse a los tiempos de Anáhuac que inspiraron “La Visión de los Vencidos”.

En efecto, la felicidad tiene causas.Tenemos pocas tradiciones tan asentadas como la de perder cuando los partidos son decisivos. Es cierto que hemos disfrutado de relámpagos de gloria, pero la norma ha sido la desgracia. Pese a todo, la afición no ha desertado de los estadios. Si hubiera un campeonato mundial de públicos, la final podría ser México-Escocia, dos naciones que no han ganado nada, pero se entregan como pocas. Los fans escoceses viajan con la cara pintada de azul y atravesada por una cruz blanca, lo cual los obliga a despintarse en cada aduana para coincidir con su pasaporte y repintarse en lo que recogen las maletas. Los mexicanos no nos hemos impuesto el código de honor de usar faldas sin calzones, pero armamos un relajo de gran matraca, como si esperáramos que algo fuera a salir bien. La verdad, sabemos que el asunto está canijo. Nuestro grito de guerra es: “¡Sí se puede!”, constatación empírica de que muchas veces no se ha podido. En León, la fanaticada ha llegado a extremos de mayor melancolía: para apoyar a su equipo canta “La vida no vale nada”.

A pesar de los marcadores adversos, el mexicano se divierte en los partidos por dos razones: es una espléndida oportunidad para comer pepitas y ningún espectáculo supera al que brinda la afición. Recuerdo un comentario de Jorge Valdano al término de un tedioso clásico América-Guadalajara: “El público hizo más esfuerzo que los jugadores”.

Atletas de la emoción, los porristas gritan “síquitibum”. No lo hacen para que las cosas mejoren en la cancha, sino para mostrar que aunque el destino nos maltrate, podemos decir un trabalenguas.

Felicidad y estadística
Que yo sepa, el deporte mexicano sólo ha hecho una contribución a la psicología: el síndrome del Jamaicón. Esta popular dolencia alude al “Jamaicón” Villegas, legendario defensa del Guadalajara que formó una sólida mancuerna con el “Tigre” Sepúlveda. En México lucía a lo grande; en el extranjero, su alma se encogía como un jarrito de Tlaquepaque.

Esta condición no es privativa de aquel titán del área. La historia del futbol mexicano está llena de proezas en los entrenamientos y descalabros cuando algo está verdaderamente en juego.

Nuestro vía crucis futbolístico ha encontrado a un inmejorable evangelista en Carlos Azar Manzur, que imparte clases de literatura con la pasión del juego y entrena equipos juveniles con el rigor del arte. Desde hace años, colecciona datos sobre nuestra selección. Este pasatiempo en modo alguno denota un carácter masoquista. Carlos revisa las estadísticas con el elegante escepticismo de quien sabe que la felicidad no depende de evidencias. Su lema podría ser el del dramaturgo Nelson Rodrigues, gran cronista de futbol: “Y si los datos no nos acompañan, pues peor para los datos”.

Transcribo algunos récords referentes a nuestro rendimiento en los mundiales, tomados de su artículo “La inevitable vía de las estadísticas”: México perdió el primer partido de un mundial, disputó el juego con menor asistencia de público (500 espectadores atestiguaron nuestra derrota ante Chile en 1930), ha recibido 79 goles en 41 partidos, tiene el récord de derrotas (20) y también el de autogoles (3), fue proscrito de Italia 90 por falsificación de documentos en la categoría juvenil y acaba de recibir la multa más alta impuesta por la FIFA por la forma en que nuestra federación condujo el dopaje de dos seleccionados. Incluso nuestros récords positivos tienen algo triste: Antonio Carbajal disputó cinco mundiales sin pasar de la primera ronda.

Durante mucho tiempo, el futbol nos permitió lujos compensatorios como ganarle a Estados Unidos. Ahora que nuestra selección es más competitiva, encaramos la desgracia de que la estadounidense lo sea aún más y nos derrote en estadios llenos de mexicanos (para jugar con el apoyo de la afición local, Estados Unidos tendría que citarnos en Alaska).

El triunfo de la Sub 17 debe contrastarse con esta lista de calamidades. “¿Y luego qué?”, pregunta el hombre obsesivo. Los héroes se incorporarán a un futbol donde los equipos ganan más con el traspaso de jugadores que con los títulos. Pero dejemos eso para otra hora. La selección Sub 17 ha traído una dicha inaudita, incluso para quienes nos ponemos nerviosos de estar contentos.